CENTINELA INMORTAL




Mis padres habían acordado darme la educación en otra ciudad, soy la mayor de mis hermanos; Vanesa tiene 18 años, Oscar 23 y yo 26, siempre desee estudiar lo que hoy llevo por profesión, mis sentidos continuamente buscaban descubrir el resguardo de aquellos conocimientos que ansiaba tener, y en cada hoja de papel escrito mis ojos se movían a ritmo acelerado, cada punto y coma eran las variantes germinantes de mi profunda pasión por el afonía oral, sabía que los gritos intrínsecos en el esquema vivas de los libros, eran suficientes para tornar mis días en perfectos lapsos de saciable efusión, por eso estaba sentada frente al lienzo de acrílico blanco que cada minuto disfruta de llevar la tinta de los lápices gruesos que dejaban su alma para crear espíritu, o al menos, eso me parecía a mí.

Me encontraba en Manizales, en una institución educativa que no nombrare pero si describiré, puesto que en aquel lugar todo era posible, su espacio era perfecto, simple pero armonioso, a tan solo un leve vistazo el gran verde cálido de pasto, ceñido de bellas flores de colores fuertes, algunas margaritas bordeaban la acera que conduce los salones a la biblioteca principal, y junto al pequeño lago pocos hongos de extravagantes coronas.

Recuerdo algunos de esos días que marcaron mi vida; en un gran salón decorado con ventanas de marcos de madera, unas pequeñas cortinas blancas con margaritas estampadas, una gran pantalla de video en un lado del lugar, algunas mesas rodeando nuestros cuerpos y muchos estudiantes de diferentes nacionalidades.

Una mujer de mediana estatura frente al micrófono leía la programación a cumplir y la primera actividad consistió en realizar grupos pequeños conformados por al menos un representante de cada ciudad y país proveniente, yo me encontraba con Sheley de EEUU, Blinton y Saute de chile, Amanda de Armenia, Víctor, Sonia, Andrea y Rodrigo de Popayán y por ultimo José de Cali.
Terminamos y salimos a un break, me senté junto a uno de esos grandes árboles de Sauco que estaban en el púlpito más grande de la universidad, de pronto sentí como una mano toco mi hombro, alce mi cabeza y lo mire, era Jorge, con su cabello rizado, castaño oscuro, piel devastadoramente perfecta, ojos marrones, labios gruesos, cejas bien delineadas pero masculinas, con su fuerte voz repetía dulcemente el final de una canción, sin lugar a duda era aquel sonido que en mis mas penetrantes entrañas deseaba escuchar como un glorioso cantico de ángeles silvestres, una especie de sentimiento celestial y real.

Desde el primer momento en el que hablamos sentí como su espíritu entrelazaba el mío, y como entre cada palabra que proferíamos, algo mas venia con fuerza hacia mí y regresaba como un torbellino hacia él, algo difícil de explicar.

Sus ojos entonaban directamente con mis pupilas, y concentrados el uno al otro, reflejaba en mi alma una aguda protección, en cada fragmento del aire sentía su aroma y permanencia en mi como fragancia de rosas, el oxigeno no era necesario porque con tenernos el uno frente al otro bastaba para que hasta el más grande inconveniente desaparecía.

Él como estudiante de ingeniería civil en la ciudad de Cali y yo como estudiante de derecho en Manizales, habíamos cruzado nuestro caminos en un congreso nacional, entre las actividades nos conocíamos mutuamente, y cada día era un nuevo comienzo para sentir exactamente todo igual, jamás deje de sentir un nudo en mi garganta pensando en él, nunca mi estomago logro alejar el hormigueo constante cuando estaba frente a mí y mucho menos volví a dormir sin ser lo último que recordara ni desperté no siendo lo primero que imaginaba.

Así, el y yo decidimos entregar nuestro amor, me pidió sea su novia y juntos pasamos estupendos momentos, él se transfirió a mi universidad, aunque le toco repetir un semestre, pero no importaría porque con el simple hecho de estar acompañándonos, las fuerzas para superar cualquier obstáculo eran suficientes.

Rápidamente llame a mis padres, les comente que conocía al hombre más maravilloso del mundo y pronto lo llevaría a presentar, de igual modo el llamo a su familia a recordar que la próxima navidad ya no estarían cinco en su hogar, ahora serian seis; en un mes viajamos a Pasto, todo mi entorno social conocían al hombre que robo mi corazón, y a la semana siguiente compartí con su familia una bella navidad.


Fue entonces cuando el tiempo avanzo, en cada año nuevo, proponíamos metas a cumplir y deseos que alcanzar, los meses no bastaron para enamorar hasta el más solitario clavel sobre la tierra, o para hacer danzar las bellas aves que se posaban en las ramas de los arboles, los días no fueron suficientes para seducirnos con cada acto, palabra y sentimiento, los minutos se redujeron a segundos y la proporción del tiempo simplemente desapareció.

Poco a poco pensábamos en nuestro futuro, como queríamos nuestro hogar, familia, profesiones, siempre tuvimos claro que al estar en un trabajo cómodo lo primero que haríamos fuese comprar nuestra casa, luego viajar y decorarla, más adelante, tal vez tener dos hijos y en pocas palabras hacer realidad el sueño que muchas personas han tenido.

Transcurrieron siete años y este ultimo programamos nuestro matrimonio, éramos profesionales, nuestras familias eran testigos del libro de recuerdos que juntos escribimos; Mi madre se encargaba de las invitaciones, vestido y flores la suya decidió buscar los anillos, el lugar de la boda y la comida, mi padre y el suyo por su parte prestaban atención a detalles por cubrir.

Un lunes 11 de agosto lista para mi prueba de vestido, junto a Vanesa mi hermana nos dirigíamos al almacén, llegamos y Flavia, la diseñadora, aquella de esplendido cabello color rojizo, me entrego en una caja de bordes dorados y tono beige el más hermoso ajuar de novia, blanco como el brillo de la luna, perlado como un cielo estrellado y cubierto de un manto con diminutos estampados de rosas; de pronto mi celular y su melodía de llamada entrante repica en mi cabeza, me acelero a contestar y en el transcurso de mi camino un fuerte dolor en mi corazón, sin embargo no importaría porque sentía era importante, acepte la llamada y escuche un montón de ruido, voces conjuntas y sobre ellas una voz gruesa que decía mi nombre y preguntaba qué relación tenia con José Rodríguez, inmediatamente respondí “su esposa” y enseguida me indico que debía ir a reconocer su cuerpo, ¿que debía decir, que podía sentir?.

Sin palabra alguna, mi hermana tomo el teléfono y recibió la información, un silencio profundo, un torniquete apretaba mi cabeza, una fría hacha me partía en mil, y sentía como dos mil insectos carcomían mi lengua, partimos al lugar, a la salida de la ciudad rumbo a Daza, un gran tumulto de autos, luces de automóviles de policías y ambulancias, a lo lejos radios de control, y más cerca una extensa sábana blanca, con algunas esquinas de donde se asomaban unos zapatos color negro, es lo que recuerdo, un policía se acerca y pregunta por quien llegábamos, inmóvil y con una leve capacidad de pronunciar su nombre y tartamudeando, deje caer mis lagrimas y respondí JOSE RODRIGUEZ, nos tomo del brazo se agacho en el suelo y con su mano derecha alzo un poco la sabana, era él, mi amor, mi vida sin vida, mi tesoro eterno, desespere y desde lo profundo de mi cuerpo gritaba –“regresa, mi amor, regresa, te amo” mi voz se tornaba fuerte mientras mi alma se moría junto a él, al mismo tiempo en el que sujetaba su mano y fusionaba mi espíritu con el suyo, no importaba si debía dar mi vida, por que regresara, para que fuese feliz, no me importaba nada, ni siquiera el evitar que me alejaran de su cuerpo, porque era mío, y yo de él, por ningún motivo dejaría me lo arrebataran, sencillamente espere hasta el final, por el amor que sentí y que aún siento el anfiteatro fue el segundo lugar que estuvimos juntos pero separados, y en el que me derribada aún mas, sentía como un fuerte calor entraba desde mis pies y subía quemando mi cuerpo, hasta la última célula, tocaba mi pecho y poco a poco cada órgano se desgarraba, mi corazón aceleraba y regresaba a su estado normal repetitivas veces.

Es imposible decir que luchare por olvidar, porque sé que fue él, quien marco mi vida, por quien cada día respirare, porque está en mi forma de hablar, en cada poro de mi aliento, consagrando mi existencia para ser siempre aquello que alguna vez juramos hacer, ser uno solo.


“Aunque caiga, prometo levantarme, por
los dos y nuestros sueños”.








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